viernes, 30 de abril de 2010

EL RETORNO A LA CIUDAD INVISIBLE

LAS CIUDADES INVISIBLES
Ítalo CALVINO
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Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.
-Pero, ¿cuál es la piedra que sostiene el puente?
-Pregunta Kublai Kan.
-El puente no está sostenido por esta o aquella piedra -responde Marco-, sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:
-¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo el arco lo que me importa.
Polo responde: -Sin piedras no hay arco




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RETORNO A LA CIUDAD INVISIBLE


Una bruma persistente subía desde el valle y se desplazaba hacia los escarpes almenados que rodeaban la ciudadela, camuflada en medio de un inaccesible oasis rodeado de desierto. La rosa de los vientos, desconcertada, había extraviado su sentido de la orientación y un oscuro desfiladero invitaba a descender por lo que parecía era el camino que podía llevarme hasta la única puerta de acceso de la ciudad invisible. Saqué una moneda y la lancé al aire, pero cuando cayó al suelo habían cambiado las figuras de ambos lados por la influencia de algún extraño campo magnético. Por ello no pude saber cuál era el camino que debía de elegir. Decidí cruzar el río reseco no obstante y adentrarme por las fauces de aquella hendidura sobrecogedora sin más estímulo que mi propio miedo. Aquel laberinto de erosiones excavadas por el viento amenazaba con ser una interminable marcha hacia ninguna parte llena de peligros. Reverberaba el eco ensordecedor de los graznidos de imaginarios guardianes que velaban su vigilia, colgados a resguardo de las penumbras de las cuevas que, cual oscuras cuencas vacías, festoneaban la paredes de aquellos cortados altivos. Esta bajada a los infiernos tenía la peculiaridad de cambiar cíclicamente, cada vez que los huracanes movían las dunas y tras las inundaciones del deshielo de primavera, dejaba el río en el verano convertido en un cauce seco por donde vagaban, erráticos, unos extraños animales parecidos a famélicos perros de cabeza desfigurada. Al tiempo que la bruma se elevaba, emergía también una siniestra manada de aves carroñeras girando sobre sí mismas para representar su ritual que presagiaba un banquete de carne putrefacta. Seguí bajando el pronunciado camino hasta llegar a los restos humeantes de un bosque arrasado por una tormenta de azufre, que había calcinado las palmeras pero había respetado las tahlas. Y luego, como embriagado por un olor irresistible que impregnaba el aire, fui llevado hacia un ascenso por un interminable camino que circundaba un monte cuya cumbre escondía una nube enrojecida. Y allí era donde, finalmente, esperaba hallar la invisible ciudad donde nadie antes había estado nunca; la ciudad que nadie había visto jamás ni tampoco nadie había soñado ver. Subí y caminé aquella pedregosa senda que rodeaba el monte, unas veces dando la espalda a sol y otras con su cegadora luz deslumbrando mis ojos. Hasta que llegó la noche y penetré en la nube que dejó de ser rojiza para convertirse en una deshilachada transparencia azulada. Descansé unas horas rendido por el sueño y luego, antes de que el sol saliera de nuevo, volví al camino que iba haciéndose cada vez más empinado y difícil. Y más oscurecido también por la nube azulada que cubría la cumbre. Seguí embriagado por aquel extraño perfume salvaje al tiempo que empecé a reconocer algunas señales. Piedras con base de cuarzo y perfilados granitos familiares para mí cuando siendo un niño dejé la ciudad secreta. Luego una inscripción casi borrada y unos signos que daban la bienvenida en una lengua que ya había olvidado. Poco a poco, muy lentamente, fue levantándose la capa de niebla azulada que cubría la cumbre al tiempo que me acercaba a ella. Ahora era un escalofrío lo que sentía, y ya reconocía mejor el perfume salvaje. Un fuego encendido en medio de la meseta de la cumbre, quemaba incienso mezclado con esencias de jacintos. Y de allí brotaba una vaporosa niebla ensimismada hacia el cielo protector. De pronto surgió la ciudad reflejada en una inmensa hilera de espejos convexos enfrentados entre sí, desafiándose entre ellos por mostrarse más fieles a la realidad. Cada uno de ellos trataba de imponer al otro su propio reflejo y mostrar así una silueta imaginada de la ciudad invisible. La silueta imaginaria de un espejismo abrupto mil veces repetida sobre sí misma. El espejismo reflejado en cada espejo, que conseguía multiplicar las calles y las casas hasta el infinito. Pero que sólo era eso; una ciudad invisible reflejada sobre sí misma.

J. Eduardo. Madrid, abril 2010.

(Si vas a copiar algo, al menos cita al autor y al blog)


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