martes, 22 de junio de 2010

HERMOSOS Y MALDITOS

F. SCOTT FITZGERALD (1896-1940)
Fue uno de los escritores americanos más influyente entre las generaciones de entreguerras. Escribió cinco novelas, algunas de ellas muy conocidas por sus versiones cinematográficas, como El gran Gatsby o Suave es la noche. "Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia", sentenció a un magnate de los estudios cinematográficos con los que tanto colaboró, especialmente cuando necesitaba dinero.
Durante su movilización para ir a la primera guerra mundial, en el campamento militar, escribió su primera novela The romantic egoist, pero no consiguió publicarla.
En 1919 conoció a Zelda Sayre, cuando él estaba destinado en el campo de entrenamiento de Albama. Se prometieron y vivieron algún tiempo juntos, pero ella rompió el compromiso y él volvió a su ciudad natal con sus padres. Revisó The romantic egoist y la tituló This side of paradise. Se la publicaron en 1920, año en el que volvió con Zelda y se casaron. Ahí comenzó una época y su propia epopeya. Bellos y despreocupados, vivían para beberse el mundo en toda una era de felicidad artificial. Las penurias económicas de E. Fiztgerald, su adicción al alcohol y los problemas psiquiátricos de Zelda en 1930, unido al crash del 29, arruinó sus expectativas. Fueron la representación más exquisita de lo que se llamó la generación perdida. También la del amor y del desamor, el éxito y la tragedia, el vuelo y la caída. Murió de un ataque al corazón en 1940.



Zelda SAYRE (1900-1948)
***
Era hija de un juez de Montgomery en Alabama y nieta de un senador y de un gobernador. Fue en su fiesta de graduación con dieciocho años, cuando conoció al atractivo teniente de veinte años llamado Francis Scott Fitzgerald. Y aquella joven rebelde, indómita y emancipada, cayó deslumbrada a sus pies. Se casaron y se fueron a Nueva York. Scott triunfó. Ambos vivieron el desenfreno de los años veinte, aquellos que tan perfectamente quedaron reflejados en los personajes de Fitzgerald. Tan brillantes como irresponsables, cayeron luego en todas las miserias y fracasos.
Zelda tenía talento de escritora, y escribió en 1932 Save me the waltz. Y es bien seguro que fue la inspiradora (también la autora) de no pocos personajes de las novelas de su marido. En 1930 le diagnosticaron una esquizofrenia, y fue ingresada en un manicomio, donde quedó ingresada hasta que en 1948 murió en el incendio del establecimiento.






En 1921 viajan por primera vez a Europa, concretamente a París. Allí los esperaba Ernest Hemingway, quien contribuyó mucho a extender el mito de Scott, no tanto del de Zelda, con la que fue injustamente crítico. El éxito literario y económico es rápido y excitante. Pronto escribe El Gran Gatsby, y de nuevo el éxito le sonríe. Pero detrás de todo el oropel y la juerga compartida entre Estados Unidos y Europa, se estaba preparando la tragedia. Según una de las biógrafas de la pareja, la ruptura se produjo cuando ella tuvo un flirt con un aviador francés en 1924.


Antes de que él publicara su novela Suave es la noche, donde Zelda está representada por la protagonista Nicole Diver, ella, por su parte, trató de contestarle con su Save the waltz.
Cuando él murió, en 1940, dejó escrito: "Dicen que la locura nos separó. Pero fue todo lo contrario, la locura nos unía". Y ella escribía en 1937: "Nunca he vuelto a ser como durante aquel periodo tan breve en el que él y yo fuimos la misma persona, en que el futuro realizado y el pasado anhelante se fundía en un sólo momento esplendoroso: en que la vida era literalmente un sueño".
Y es él el que hace decir a Nicole (inspirada en Zelda) en su novela Suave es la noche: "Piensa en cuánto me quieres. No te voy a pedir que me quieras siempre como ahora, pero sí te pido que lo recuerdes. Pase lo que pase, siempre quedará en mí algo de lo que soy esta noche". Una lograda definición del amor verdadero: pase lo que pase, algo se queda para siempre con nosotros.



El excelente libro y sorprendente premio Goncourt de 2007, para una novelada biografía de Zelda escrita por Gilles Leroy: Alabama song. Zelda, sureña, decide compartir su vida y la gloria y el infierno, con un joven del norte, hermoso como un poema de Byron. Y aquel arrollador joven uniformado, resultó luego ser un derrochador del dinero que ganó a espuertas, amante del lujo, bebedor, soberbio y acuciado por la rapidez de consumir su talento en el más breve tiempo posible. Y ella, Zelda, la frágil mujer que quiso ser escritora, pero que quedó difuminada entre el egoísmo degradante de su marido. También quiso ser pintora y bailarina. En cualquier caso, quedó enmudecida en la sala insonorizada de un manicomio. Es aquí donde en primera persona de la novela, se confiesa la aventura con el aviador francés, su embarazo y el aborto. Y, finalmente, la separación definitiva de Scott. Su irremediable soledad, el desprecio de él, al que acusa de plagiarla en algunas de sus obras, y su odio a Hemingway, al que acusa de ser un "homosexual vergonzante". La prohibición de que escriba y el alejamiento de su única hija Patti, acaban con toda esperanza y ella se rinde en el inhumano encierro de una manicomio que, además, se incendia y es la causa de su muerte.




M. T. Bruccoli escribió esta primera biografía de la pareja. "El éxito del mito ha devaluado la estatura del hombre. F.S. Fitzgerald creó su propia leyenda. Su vida domina su obra. Se convirtió en un arquetipo. Es el escritor alcohólico, el novelista arruinado y el genio derrochador."



El Museo de los Fitzgerald en la que fue su casa en Montgomery en la actualidad.







No fueron enterrados juntos hasta el año 1975, en Rockville (Maryland). El epitafio reproducido en su tumba, es la misma frase que pronuncia el personaje del El Gran Gatsby: "Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados innecesariamente hacia el pasado".






Dos de las más representativas películas adaptadas de las novelas de F.S. Fitzgerald




Delicioso libro donde se publican las cartas entre Scott y Zelda. Las primeras, cuando comienzan a conocerse, son magníficos ejemplares de dos amantes entregados al placer de desearse con urgencia; son verdaderas piezas literarias intercambiadas. Luego, más tarde, pronto llegaría lo contrario. Cartas de amor y de guerra al fin y al cabo.



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