jueves, 5 de agosto de 2010

AMORES QUE MATAN: SU IDOLATRADA HIJA HILDEGART

HILDEGART LEOCADIA GEORGINA HERMENEGILDA MARÍA DEL PILAR RODRÍGUEZ, nacía el 9 diciembre de 1914 en Madrid, y murió el 9 de junio de 1933, es decir, con diecinueve años. Fue asesinada por su madre de cuatro disparos cuando dormía en su casa de la calle Galileo 57 de Madrid. Acababa así de manera tan trágica la prometedora existencia de una mujer portentosa, que con tres años ya escribía perfectamente, con cuatro comenzó a hablar varios idiomas, con doce ingresó con un permiso especial en la universidad para estudiar derecho y filosofía que acabó brillantemente, y cuando murió le quedaba una sola asignatura para acabar medicina.
Militó en las Juventudes del Partido Socialista primero y en el Federalista después, y su activismo político en favor de las mujeres era, a pesar de su corta edad, extraordianriamente conocido. Había escrito trece libros, muchos de ellos sobre sexualidad y mujer. Defendía con ardor las ideas eugenésicas muy en boga por entonces, siendo partidaria de la selección heridataria que mejorara el futuro de la raza. También tuvo el reconocimiento de notables personajes del extranjero, como H.G. Wells que en 1931 se había trasladado a Madrid y ella le sirvió como traductora. Escritora, columnista brillante, polemista, militante política y estudiosa, estaba decidida a llevar sus ideas a cabo con esfuerzo y voluntad de hierro. Aquel nueve de junio de 1933 quedaron frustrados todos sus sueños porque su madre le arrebató la vida de cuatro disparos de pistola.


Aurora RODRÍGUEZ CARBALLEIRA era la madre parricida. Contaba cincuenta años y Hildegart era, desde luego, el producto planificado de una madre obsesionada y convencida de que su hija, a la que había concebido de manera calculada cuando ya tenía treinta y dos años, estaba llamada a cumplir grandes designios. Para ello solicitó la intervención de un hombre cuidadosamente seleccionado por sus condiciones genéticas y que, parece ser, era un cura capellán castrense. Tuvieron tres fríos encuentros amatorios separados por dos días cada uno, hasta que ella se aseguró que había quedado embarazada. Entonces despidió al padre y nunca dijo quién era.
Procedía de una familia media de El Ferrol (Galicia, España), sin que hubiera conseguido nunca una sola caricia de su madre. No así del padre, de quien era sin embargo su ojito derecho. Tenía otros dos hermanos. Una hermana mayor que ella con la que se llevaba muy mal, y un hermano que era un caso perdido pues robaba todo lo que pillaba. Aurora se educó y se formó devorando libros de la biblioteca de su padre, donde quedó fascinada por los socialistas utópicos como Fourier. De modo que pronto le pasó por la cabeza la idea de fundar un falansterio, pero no en su Galicia natal, sino en Alcalá de Henares. Fue su padre quien le quitó la idea de la cabeza.
Sentía horror por el matrimonio, y cuando su madre abandonó el hogar y su hermana hizo lo propio al tener un hijo de soltera, desparecido el hermano en Cuba también, quedó como responsable de la casa, del padre y del niño de su hermana. Y consiguió reunir el suficiente dinero como para, llegado el momento, llevar a cabo sus planes eugenésicos.




La calle Galileo de Madrid donde tuvo lugar el suceso que conmocionó a todo el mundo y fue conocido en todos los lugares de la República.


Aurora tuvo ocasión de experimentar con su sobrino Pepito Arriola lo que ella creía eran cualidades excepcionales suyas, para conseguir educar y obtener de sus métodos seres superiores; casi genios. Y, desde luego, fue el caso de este niño prodigio al que enseñó a tocar el piano. Abandonado por la madre de pequeño, tan pronto como su madre, la hermana de Aurora, supo que el niño era un prodigio, volvió a la casa y se lo llevó a Madrid. Allí estudió en el conservatorio y dio conciertos, y la propia reina lo becó para que estudiara en Alemania. También fue paseado por toda Europa como un prodigioso niño pianista. Y fue en 1945, bajo las bombas de Berlín, donde murió su madre. Después, de regreso a España, el genio fue desapareciendo para apagarse sin más. Aurora, soportó muy mal que su hermana se apropiara de su obra, y estaba segura de que sólo ella había sido capaz de estimular el genio de su sobrino. Esta experiencia, desde luego, la llevó a concebir el plan para traer al mundo a un mujer, tenía que ser mujer, a la que moldear y transmitir sus conocimientos.



Entre los muchos libros escritos por Hildegart, hay bastantes en los que participó su madre. Ella la acompañaba siempre a todos los lados, incluso a las reuniones de las ejecutivas de las organizaciones políticas en las que militaba su hija. También la acompañaba a la universidad o a las conferencias que daba. No pocos artículos de los publicados y firmados por Hildegart estaban escritos o inspirados por la madre.



Fernando Fernán Gómez hizo una película sobre la vida de estas dos mujeres. Con diecinueve años, Hildegart le planteó a su madre la necesidad de emanciparse al menos de su presencia agobiante, y acordaron que ella dejaría la casa donde vivían las dos para ir con una vecina a otra manzana. Tampoco su madre deseaba que fuera sola a dar una conferencia a Valencia, o que planeara salir sola al extranjero a ver a H.G. Wells que la había invitado a Inglaterra. Le insistía también en que dejara la militancia política, actividad de la que desconfíaba y por la que consideraba que se había desviado de sus planes. Aurora empezó pronto a desvariar y a tener celos de todo el mundo, en la creencia de que todos conspiraban para arrebatarle a su hija; para que, de nuevo, al igual que sucedió con su sobrino, quedarse sin la obra maestra a la que tanto empeño y trabajo había dedicado. Eso, y que su idolatrada hija empezaba a exigir volar sola.


Unos días antes de su muerte, Aurora había conseguido que su hija firmara y enviara a la revista La Tierra, un premonitorio artículo escrito por ella y titulado "Caín y Abel", donde justificaba el asesinato del más débil por el más fuerte. "El criminal, - decía el artículo - halla siempre quien le defienda, y hasta cuando es más monstruoso halla un eco de admiración..." Hildegart no podía sospechar que aquel artículo que al día siguiente de su muerte publicaba La Tierra, era la declaración póstuma de una madre obsesionada y perturbada. Bien que la asesina, condenada a casi treinta años de prisión, declaró en el juicio estar perfectamente en su cabales. A las sesiones del juicio se presentaba siempre con un ramo de claveles rojos. Fueron algunos años después de la condena, cuando los siquiatras determinaron que esta mujer padecía algún trastorno mental grave. Le puso el nombre de Hildegart, que era como además la llamaba siempre, por su significado en alemán: Jardín de sabiduría.

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